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viernes, 7 de marzo de 2014

Todavía no es primavera

(EN)


No quiero más primaveras.
Primaveras de revoluciones traicionadas.
Primaveras de sangre y fuego, lágrimas y muerte.
Primaveras de esperanzas aplastadas por la fuerza de las armas.
Primaveras patriarcales de elefantes sin memoria,
que en sus luchas de poder sacrifican a su pueblo.
¡Justicia, paz y dignidad!
No, no quiero más primaveras.

¿Dónde queda pues la revolución?
En el orbe de sus senos y sus ovarios.
En el cáliz de su útero.
No, no hay primavera sin su presencia.
Cuando el cáliz y el orbe se eleven por fin sobre la cruz, la estrella y la media luna,
llegará la verdadera primavera.
De su mano, un nuevo renacimiento,
que dará a luz la reconciliación, la justicia y la paz.

La primavera será mujer, o no será.


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domingo, 15 de enero de 2012

Historias robadas

Una familia fuera de su tienda de campaña en el campamento BadBado en Mogadiscio, Somalia
© Kate Holt / IRIN

Todos tenemos una historia que contar: nuestra propia historia.

La compartimos con nuestros amigos y con nuestros familiares. Cuando sufrimos, esperamos el consuelo de alguien cercano. Y los momentos felices, deseamos compartirlos con los que nos rodean. Una sucesión de momentos, felices y no tan felices, que componen nuestra vida.
Incluso la historia individual de cada uno de los millones de seres humanos que viven en la pobreza más absoluta es una sucesión de momentos compartidos, de consuelo, de penas y de alegrías, en definitiva la historia de una vida.

Y así también es la historia de los pueblos. Una historia que dura generaciones y que habla de épocas de prosperidad y de épocas de declive. De guerras y de paz. De justicia y de injusticia.  Con la única diferencia que la historia de los pueblos la escriben los gobernantes a través de los medios de comunicación, mientras que la historia personal la escribe cada individuo.

Nadie puede robarnos nuestra propia historia personal. Quizá, lo único que verdaderamente nos pertenece.

Sin embargo, hay pueblos cuya historia apenas aparece en los medios. 

Historias olvidadas de hambre, de miseria, de muerte, de violaciones, de esclavitud, de desalojos, o de explotación. Que sólo ocupan portadas cuando alcanzan niveles insospechados de crueldad.

¿Y qué es la historia de un pueblo sino la historia de sus gentes?

Mujeres y niñas que ocultan su rostro por la vergüenza de haber sido violadas. Su grito silencioso de rabia y dolor consecuencia de la impunidad de la que gozan sus atacantes.
Madres y padres que se desvelan por el cuidado de sus hijos desnutridos, que lloran sus muertes y abandonan sus destinos a la Divina Providencia.
Niños y niñas explotados, y a veces esclavizados, que sueñan con poder ir a la escuela, dejar atrás un pasado de trabajo, y prepararse para un futuro mejor.
Familias desalojadas de sus tierras, sin raíces y sin medios para ganarse la vida.
Comunidades enteras que huyen de los conflictos armados, recorriendo cientos de kilómetros hasta llegar a los campos de refugiados donde se hacinan miles de desplazados.

Millones de seres humanos desamparados con una historia que contar de los que apenas sabemos nada, sólo que también necesitan consuelo y compartir sus escasas alegrías.

Contar sus historias robadas, romper el silencio y sacarles del olvido es quizá la mejor forma de consolarles y de hacerles sentirse conectados con el mundo que les rodea, que de alguna manera ha contribuido a su historia y tiene una responsabilidad ineludible en cambiar sus destinos. Porque si un pueblo no puede contar su historia estará condenado al olvido y a la extinción.


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domingo, 4 de diciembre de 2011

Honor y sacrificio


(EN)

El honor es un cortina que rodea a cada individuo. Una cortina tejida con los hilos de las normas sociales y morales definidas para cada comunidad.
En algunos casos el tejido es tupido y en otros muy claro. Y la cortina puede estar muy próxima o muy lejana, haciendo que la existencia del individuo se desarrolle en un ambiente opresivo, tiránico, intolerante y angustioso, o bien en un ambiente laxo, distendido y relajado.
Traspasar esa cortina es motivo de deshonor para el individuo. Deshonor que en ocasiones trasciende a los familiares y al resto de miembros de su comunidad.

Pensemos por un momento en la claridad del tejido y la cercanía de la cortina que nos envuelve. ¿No es acaso cierto y universalmente aceptado que la cortina que rodea a la mujer en cualquier sociedad es más tupida y está más cercana que la que rodea al hombre?

Traspasar esa cortina para una mujer es sinónimo de sacrificio.


© Siegfried Modola/IRIN 

Rasgar la cortina y enfrentarse al mundo no ha sido nunca, ni lo será, una batalla fácil para las mujeres. Liberarse de la opresión y la tiranía para conseguir iguales derechos y libertades que el hombre ha sido una lucha histórica no exenta de sacrificios.

Pero toda cortina esconde secretos, sobre todo cuando es el hombre desde el exterior el que rompe y traspasa la tupida tela que rodea a la mujer en algunas sociedades. Cuando la víctima se convierte en culpable, y el transgresor goza de impunidad, es cuando el sacrificio de la mujer alcanza su máxima expresión.

Mujeres violadas  que son repudiadas por sus maridos y obligadas a abandonar sus comunidades. Al trauma físico y psicológico de la violación se une la circunstancia de tener que vivir alejadas de su familia por el deshonor que supone haber sido violadas.  Mujeres abandonadas en una sociedad en la que una  mujer sola tiene pocas o ninguna oportunidad de subsistir, sin derechos, sin medios para ganarse la vida y, en ocasiones, al cuidado del hijo o hija fruto de la violación. 

Mujeres violadas que ocultan en silencio su pesar para evitar el rechazo.

Mujeres violadas obligadas a contraer matrimonio con el violador. Destino fatal que las obliga a convivir con el agresor sexual y a vivir con el estigma social de haber sido violadas.

Mujeres asesinadas para reparar el honor de una familia.

Sociedad de moral perversa que para resarcir el honor perdido requiere un sacrificio cuya víctima es siempre la mujer. Dos veces víctima: de la agresión y del sacrificio.

Un injusto sistema que culpabiliza a la víctima y protege al agresor. Que sólo se da por satisfecho con un sacrificio extremo: la muerte o la condena de por vida.

Seamos cada vez más los hombres transgresores que rasgan desde el interior las cortinas que envuelven a las mujeres para liberarlas de la opresión y de la tiranía de las costumbres.


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jueves, 10 de noviembre de 2011

¿Por qué lloran las acacias?


La acacia es un árbol resistente y fuerte que vive en condiciones extremas en los terrenos más áridos y secos. Sus ramas están cubiertas de espinas, y cuando florece se llena de racimos de color amarillo intenso. Donde vive la acacia rara vez crecen otras plantas, por lo que las acacias siempre pensaron que las espinas de sus ramas, azotadas por el sol y el viento, eran comunes a todas las plantas. También pensaron que las heridas que el hombre les hacía en su tronco para extraer la savia eran algo natural. El tajo en la rama era doloroso, pero lo sufrían en silencio, porque a todas las acacias el hombre les hace lo mismo cada cierto tiempo. En ocasiones, un mal golpe dado con el hacha desgajaba una rama y el árbol moría. Las demás acacias pensaban que así era el destino y que nada se podía hacer, siempre había sido así.
Las acacias nunca se sintieron diferentes ni se quejaron de su dura existencia hasta el momento en que llegaron las lluvias. Surgieron de la nada, como un milagro, plantas de tallo esbelto, sin una sola espina y con pétalos de colores brillantes; y las acacias lloraron, porque sus cicatrices y sus espinas ya no les parecían naturales. Lloraron al saber que su aspecto es diferente al de las otras plantas, lloraron al descubrir que su sufrimiento sólo servía para la satisfacción del hombre, y sobre todo lloraron al saber que sus espinas han condenado a millones de niñas y mujeres a un destino similar al suyo.

Cada año, tres millones de niñas y mujeres sufren algún tipo de Mutilación Genital Femenina (MGF).


La forma de MGF más severa es la infibulación, que consiste en la extirpación total o parcial del clítoris y de los labios menores, y la ablación de los labios mayores, que una vez cortados son perforados con espinas de acacia y cosidos para que al cicatrizar sellen la vagina, dejando un pequeño orificio para permitir el paso de la orina y del flujo menstrual. Tras la mutilación, la niña debe permanecer con sus piernas atadas hasta las rodillas hasta que cicatriza la herida. La edad a la que se suele practicar la MGF está entre los cuatro y los catorce años, si bien, la operación de coser la vagina se puede repetir después de cada parto.
El primer acto sexual de una mujer infibulada requiere generalmente una incisión previa que debe hacer el marido, que se asegura así de la virginidad de su esposa. También durante el parto es necesario un corte para permitir la salida del bebé. De no ser así hay peligros de desgarros o incluso de muerte para la madre y el bebé.

La falta de asepsia durante la práctica de la MGF favorece la aparición de infecciones, que en el peor de los casos pueden acabar con la vida de la niña. También las fuertes hemorragias durante la intervención pueden provocarles la muerte. Las mujeres que han sufrido la MGF se enfrentan a secuelas físicas y psicológicas durante el resto de sus vidas, y cada parto es un riego para ellas y para sus bebés.

Nadie debería morir por cumplir con una tradición. Nadie debería padecer por una costumbre. El honor de un hombre o de una familia, no debería depender del sufrimiento de sus hijas y esposas.

Es cierto que las acacias seguirán llorando y sólo algunas se atreverán a desafiar al hombre, no quieren más heridas ni más cicatrices. Pero ahora sé que las acacias no estarán solas en el desierto, y que de alguna manera, quienes sabemos de su dolor, haremos todo lo posible para que sus espinas les sirvan para defenderse de quienes las agreden, y no para herir a mujeres y niñas, fuertes y resilentes como las propias acacias.


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domingo, 19 de junio de 2011

La cuota del caucho

(EN)

Las mujeres violadas en la República Democrática del Congo se enfrentan a diversos problemas para obtener acceso a la justicia. La mujer de 43 años violada en Kamina, en la provincia de Katanga, dice: "Aprecio la ropa que llevaba cuando fui violada y la utilicé para probar la violación ante la corte". Me han pedido que pague Fc 7000, 3000 Fc. por escribir y otras 50 hojas de papel para imprimir. También tuve que soportar los costos de todos los gastos médicos y todavía me veo obligada a vivir en Kamina. Los violadores están libres, y me pidieron que pagase 20 dólares por la demanda y que revocase la decisión de apelar. Perdí la esperanza.
© Gwenn Dubourthoumieu/IRIN

Llora y sufre en silencio. Nadie debe saberlo.
Le duele, pero no puede quejarse.
Es injusto, pero es inútil denunciar.
Grita y no sirve de nada. Nadie le escucha.
¿Por qué? Se pregunta.
Siente rabia.
Se siente culpable.
Es inútil, se siente impotente.
Tiene miedo.
Siente vergüenza.
¿Qué puede hacer? Nadie le ayuda.
Siente que muere.
¿Por qué nos hacen esto?

LA HERENCIA: Tras la conferencia de Berlín de 1884, las potencias Europeas se repartieron el continente Africano. El Estado Libre del Congo se convirtió en propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica, que otorgaba concesiones comerciales para la explotación del caucho y el marfil a compañías como la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company (A.B.I.R.) o la Societé Anversoise du Commerce au Congo de las que el propio Leopoldo era accionista. El binomio formado por el Estado y por las compañías concesionarias de las explotaciones de caucho convirtió el Estado Libre del Congo en algo muy parecido a un inmenso campo de concentración dedicado a la explotación exhaustiva de los recursos naturales.

Cada aldea nativa debía de satisfacer semanal o quincenalmente una provisión de caucho y alimentos que entregaban a las diferentes estaciones de las compañías concesionarias del estado a cambio de unas compensaciones ridículas en comparación con los beneficios que dichas compañías obtenían de la explotación del caucho. A su vez, los nativos debían trabajar para el Estado en la construcción de vías de comunicación o el mantenimiento del tendido telegráfico. Mano de obra esclava que obligó a muchos indígenas a dejar sus aldeas y refugiarse en aldeas vecinas en el Congo Francés.

Sometidos a condiciones de trabajos forzados, obligados a abandonar la actividad agrícola de la que vivían antes de la colonización, viviendo en condiciones miserables que favorecían la aparición de enfermedades, el relato de los horrores sufridos basta para entender que durante el dominio belga murieran millones de habitantes indígenas. Pero no sólo fueron víctimas de los trabajos en condiciones de esclavitud o de las enfermedades. Cuando un hombre o una aldea no conseguía recolectar la cuota de caucho o alimentos que se le imponía, sufrían todo tipo de castigos físicos por los soldados de las compañías concesionarias, o eran encerrados en prisiones lejos de sus hogares hasta que su aldea satisfacía una multa totalmente arbitraria para su liberación. El asesinato impune de los infractores también era práctica habitual, y para demostrar ante los administradores de las concesiones que la bala se había utilizado para matar a un hombre, debían entregarle la mano, el pie o los genitales mutilados de la víctima. Como muchas veces se utilizaban las balas para cazar, los soldados mutilaban a hombres y niños vivos como castigo por no haber recolectado la cuota de caucho. Otra manera de asegurar la recolección era tomar como rehenes a las mujeres del poblado, que no serían liberadas hasta que los hombres de la aldea consiguieran recoger la cuota asignada. En prisiones inmundas morían de inanición ellas y sus hijos, que no recibían alimentos de sus captores. El relato de los horrores tras más de un cuarto de siglo de colonización Belga no puede dejar impasible a la sociedad actual por más que trataron de ocultarlos a la opinión pública.

Las milicias que controlan los recursos naturales de la actual RD del Congo, la corrupción del Estado, la impunidad de los crímenes, las violaciones masivas, los reclutamientos forzados de niños soldado, el rapto de niñas como esclavas sexuales, el desarraigo, la corrupción de la Justicia, los intereses comerciales son, 137 años después, la herencia del colonialismo. Un colonialismo codicioso que impuso un sistema opresor basado en una soldadesca salvaje, bajo el control de las compañías comerciales, que controlaba un territorio inmenso en ausencia o en connivencia con una administración del Estado corrupta.


Yo también siento vergüenza, igual que la mujer congoleña.
Me avergüenzo de la maldición que el hombre blanco supuso para el continente africano.
Me avergüenzo de su codicia infinita.
Me avergüenzo de la falta de memoria histórica del pueblo Europeo.

Y lloro con la mujer congoleña que ha visto morir a sus hijos e hijas. Que ha sido violada salvajemente. Que sufre en silencio para no ser repudiada. Que sigue cuidando de los suyos. Que no podrá engendrar más hijos. Que vive en soledad, la soledad de la vergüenza y de la injusticia.
Y grito por ella, y por los niños y niñas mutilados. Por los asesinados, por los esclavizados, por los que han quedado huérfanos.

Y también siento rabia. Por millones de asesinatos y violaciones impunes.
Y me siento culpable. Por tantos años de mirar hacia otro lado, por tantos años de no escuchar sus gritos desesperados.

No me siento impotente, más bien esperanzado. Sin miedo y comprometido con la causa de la mujer congoleña, fuerte y resilente, como la mayoría de las mujeres africanas.

Una joven violada en Bamenda, en la provincia de Katanga, dice: "antes de haber sido violada, estaba prometida, pero el matrimonio fue anulado, por supuesto, ahora mi padre tiene que devolver la dote. lLa familia del violador se ha comprometido a pagar... , pero desde entonces, no hicieron nada. Como me quedé embarazada, lo más urgente era liberar al violador para que pudiera apoyarme durante el embarazo. Era inconcebible que fuese a la cárcel. Es mejor que él quede libre para satisfacer mis necesidades y las del bebé. Pero también es importante para él que se case conmigo ahora porque nadie me querrá nunca más.
© Gwenn Dubourthoumieu / IRIN


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sábado, 9 de abril de 2011

Superando barreras pacíficamente

(EN)

El mundo en que vivimos se basa en relaciones de poder.

A lo largo de la historia, aquellos que tienen el poder han discriminado a los que son diferentes y los han sometido en su propio beneficio.

Para permitir y justificar esas infames acciones siempre ha habido medios de comunicación dispuestos a silenciar lo injustificable, o a hacer propaganda que justifique lo inadmisible. Siempre ha habido gobiernos con el relativismo moral suficiente para permitir abusos o no según convenga a los intereses de los poderosos que les mantienen en el poder. Legisladores y jueces que redactan e interpretan las leyes con la laxitud necesaria para que la discriminación se mantenga; y en ausencia de las mismas, para que la violencia contra los sometidos quede impune.

Con la misma violencia que han actuado los opresores, han respondido los oprimidos. Y en una espiral imparable a lo largo del tiempo, el rencor del que fue oprimido, se ha convertido en violencia contra los que ahora él somete.

Pocas excepciones hay a esta regla, diría que Universal, sobre la espiral de la violencia. Quizá la excepción más destacable es precisamente la relacionada con la discriminación más extendida y más violenta que conoce la humanidad desde hace siglos. Me refiero, sin duda, a la discriminación por razón de género.

Vivimos en un mundo donde la mitad de su población discrimina a la otra mitad por ser mujer. Un mundo en que las tres cuartas partes de las mujeres y las niñas experimentan la violencia física o sexual a lo largo de su vida.

Sin embargo, los logros de las mujeres en materia de igualdad de oportunidades, derechos y libertades los han conseguido de manera pacífica a lo largo de muchos años de lucha.

Y durante esos años de lucha, han tenido que superar todas las barreras que les ponían en su camino los medios de comunicación, los gobiernos, los legisladores, los jueces y la sociedad en general.

Ante un acto de violencia tan execrable como una violación, hemos oído argumentos tan detestables como que la mujer o la niña no opuso suficiente resistencia, o que su aspecto era provocativo, o que no había signos evidentes de violencia física y por tanto se supone que hubo consentimiento... repugnantes justificaciones de lo inadmisible.

Ante un acto de violencia tan execrable como una violación, hay gobiernos que no ponen toda la intensidad necesaria en la prevención del delito, en el castigo a los violadores y en la atención a las víctimas. La violación es un arma de guerra.

Ante un acto de violencia tan execrable como una violación, durante la denuncia y el juicio, las víctimas reviven el horror del recuerdo y se las criminaliza por haber sido violadas.

Ante un acto de violencia tan execrable como una violación, la sociedad estigmatiza a la mujer, que debe afrontar el trauma en soledad.

Según la ONU, más de 200.000 mujeres han sido violadas desde 1996 in RD Congo. La mujer congolesa lucha pacíficamente para romper el silencio y la impunidad en torno a la violencia sexual.

La lucha por los Derechos de la Mujer es una lucha de todos, y una señal inequívoca del progreso de una sociedad.

Empoderar a las mujeres es la garantía de un futuro en paz.



lunes, 7 de marzo de 2011

La sabiduría del Destino

(EN)

Según se recoge en el Artículo 1 de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género aprobada por el pleno del Congreso de los Diputados en su sesión del día 22 de diciembre de 2004:

“La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia.”

Las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, junto con la discriminación y la desigualdad, se identifican como una de los orígenes por los que se manifiesta la violencia de género.

La expresión de esta violencia de género a nivel individual es la que se ejerce sobre una mujer por parte de un hombre, pero esto no es más que un caso particular de una manifestación más genérica de la violencia que existe en nuestra sociedad y que tiene sus orígenes igualmente en las relaciones de poder, las desigualdades y la discriminación.

Las relaciones de poder gobiernan nuestra sociedad en todos los sentidos. De los gobernantes sobre su pueblo, de las empresas sobre sus empleados, de los poderes económicos sobre los gobernantes, y así, una maraña de relaciones donde los poderosos dictan sus leyes de acuerdo a sus intereses, que prevalecen sobre los de la mayoría que está sometida a su poder.

En estas relaciones, los que acumulan el poder, tienden a considerar al resto como meras posesiones sujetas a su voluntad, y esta es la fuente de cualquier abuso, pues esa consideración no hace más que aumentar la brecha de la desigualdad.

Citando a Amin Maalouf en su obra Leon l’Africain:

“- Los monarcas, afortunadamente, se exceden a veces; si no fuera por eso, no caerían nunca.

Y luego añadió, chispeándole los ojos:

- La locura de los príncipes es la sabiduría del Destino”

Efectivamente, no hay más que extrapolar ambas sentencias a cualquier ámbito de nuestra vida para comprobar que aquel que tiene el poder, sea cual sea la naturaleza del mismo, y haya sido otorgado de la manera que sea, tiende a corromperse y ese será, al fin, el motivo de su caída.

En nuestra sociedad, mayoritariamente gobernada por hombres, verificamos la existencia de las relaciones de poder de los gobernantes sobre su pueblo; gobernantes que consienten en mantener las desigualdades y la discriminación como una forma de defender sus propios intereses. Y a ese poder es al que se aferran los gobiernos corruptos, porque es la fuente de su riqueza.

Estas relaciones de poder han marcado la historia de la humanidad y han sido la causa de violentas guerras, a la vez que han contribuido a mantener las desigualdades y la discriminación entre los pueblos.

¿Están las relaciones de poder íntimamente ligadas a la forma de gobernar de los hombres?

¿Es más propio de la mujer las relaciones win-win en las que todos los participantes se benefician no necesariamente a costa de la derrota de otros?

Son preguntas difíciles de contestar por lo genérico de su enunciado, pero quizás, a la primera de ellas se puede responder de forma indirecta.

Las mujeres, en su rol de madres, tienen una capacidad única para preservar la vida.

Cuando hay conflictos armados y los hombres son reclutados o muertos, la mujer no abandona a su familia, incluso arriesga su propia vida por mantenerla a salvo.

En los casos más extremos de violencia sexual, las mujeres que han sido violadas o convertidas en esclavas sexuales, una vez liberadas, no renuncian al cuidado de sus hijos e hijas, incluso los que han sido engendrados tras la violación. Mujeres resilentes que en la mayoría de los casos son repudiadas por sus maridos y abandonadas a su suerte, ellas y sus hijos/as, sin medios económicos para subsistir.

En sociedades violentas, donde el narcotráfico corrompe todo a su alrededor, sólo algunas mujeres íntegras se atreven a luchar contra esa corrupción, aún a costa de perder su propia vida.

En democracias donde se mantienen cuotas de participación femenina en las cámaras de representantes, hay valientes mujeres que se presentan como candidatas a pesar de recibir amenazas de muerte.

Mujeres fuertes que pueden caminar kilómetros con un hijo enfermo en brazos en busca de asistencia sanitaria.

Mujeres analfabetas que asisten a clase diariamente aunque sus comunidades están en contra de la educación para las mujeres.

Mujeres y madres trabajadoras que acarrean el doble peso de la responsabilidad laboral y la responsabilidad familiar.

Mujeres que encabezan revoluciones pacíficas luchando por una sociedad más igualitaria.

Mujeres que defienden la vida por encima de todo y dicen no a la guerra.

Si los excesos de los hombres al construir una sociedad que discrimina a la mujer por razón de género, que se muestra desigual en oportunidades, y que no protege de forma efectiva a las mujeres con las que convive son los que determinarán su caída, estoy de acuerdo con Malouf que la sabiduría del Destino será la que ponga a la mujer en el lugar que le corresponde.

La historia la han escrito los hombres, que el futuro lo escriban las mujeres.

“La Internacional Socialista, reunida en Copenhague en 1910, proclamó el Día de la Mujer, de carácter internacional como homenaje al movimiento en favor de los derechos de la mujer y para ayudar a conseguir el sufragio femenino universal. La propuesta de Clara Zetkin fue aprobada unánimemente por la conferencia de más de 100 mujeres procedentes de 17 países.”

100 años de lucha pacífica.



domingo, 6 de febrero de 2011

A través del chadari

(EN)

El chadari es la vestimenta tradicional de las mujeres pashtunes en Afganistán.

El enmallado del chadari tiene dos caras y un solo tejido.

Por una cara, la que da al exterior, desde occidente se ve a una mujer oprimida bajo el peso de una vestimenta, sometida, carente de libertad y discriminada por razón de género.

La otra cara, la interior, ve una mujer que usa el chadari para protegerse a sí misma. Mujeres que tienen dignidad y orgullo, obedeciendo al Dios Todopoderoso y asegurando que ellas y sus familias serán protegidas contra el violador y todas las formas del mal que están presentes en las sociedades occidentales.

El debate sobre su uso es polémico y aún está abierto en occidente. Países de la UE legislan a favor de su prohibición en lugares públicos. Ocurre lo mismo en Universidades sirias y egipcias, donde su uso también está prohibido.

Sin entrar es esta polémica, creo más interesante hablar del tejido del chadari. ¿Qué hilos forman el tejido con el que se teje el chadari?

Si extrapolamos esta pregunta al tejido social afgano podemos obtener algunos datos reveladores.

Según WFWI (Women for Women International), con presencia en Afganistán desde 2002, estos son algunos datos del país:

  • En una encuesta de 2008 de 4.700 mujeres afganas, el 87,2% había experimentado al menos una forma de violencia física, sexual o psicológico o el matrimonio forzado en su vida.
  • 85,1% de las mujeres no tienen educación formal.
  • 74% de las niñas abandonan la escuela antes del 5 de grado.
  • Sólo el 1% de las niñas en las comunidades rurales van a la escuela.
  • Casi el 79% de las mujeres son analfabetas.
  • En promedio, las mujeres afganas dan a luz a siete niños.
  • Uno de cada 62 mujeres muere durante el parto, y en algunas regiones el número es tan alto como 1 de cada 8.

En las elecciones al parlamento afgano en septiembre de 2010, se incrementó, de 328 mujeres candidatas en el 2005, a 406 que se repartirán los 68 escaños reservados para las mujeres en la Cámara del Pueblo, que cuenta con un total de 249 escaños. Mientras que en la Cámara de los Ancianos, la Constitución afgana garantiza 17 escaños a las mujeres de los 102 que hay en total.

Este panorama democrático lo enturbian: primero, las denuncias de fraude electoral habidas en las presidenciales, y segundo, el acoso que han sufrido las candidatas femeninas en campaña electoral.

Denuncian las candidatas que durante la campaña se han registrado hechos tan terribles como:

  • Llamadas telefónicas anónimas amenazantes, tanto de los radicales más extremistas, como de miembros del partido conservador.
  • Derribo de carteles y vallas publicitarias.
  • Carteles manchados con tinta roja.

En el caso de la candidata Najila Angira, mujer empresaria de 30 años, ha recibido amenazas de muerte de parte de los talibanes por su discurso en contra de su anterior régimen.

Según denuncia Malalai Joya, diputada en 2005:

“Las agresiones contra las mujeres no dejan de aumentar, y estas agresiones son ejercidas por grupos de individuos influyentes en su provincia e intocables. La impunidad sigue siendo el principal problema. El caso de Sarah ilustra muy bien el estatus de la mujer en Afganistán: esta joven fue violada por tres hombres de la provincia de Samangan. Ellos fueron inculpados pero Karzai oficialmente les ha soltado en nombre del perdón islámico. Mi pueblo nunca cometió semejantes actos en nombre del Islam. Son los fundamentalistas en el poder quienes utilizan la religión para hacer valer su poder y justificar su crueldad”

“la educación de las mujeres es la llave de su emancipación”,

La candidata al parlamento en 2010 Farkhunda Zahra Naderi, en su web Chadari | The Window of Power afirma:

"¡Vamos a convertir nuestra debilidad en nuestra fuerza! ¡Yo creo que podemos hacerlo y si usted también lo cree, entonces no dude en unirse a esta lucha! ¡Porque es sólo por los Derechos de la Mujer!"

Valientes mujeres de Afganistán, el chadari no os impide ver más allá de lo que otros pueden ver.

Todo nuestro apoyo.