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lunes, 24 de septiembre de 2012

Protegiendo a los inocentes


Ya no explotarán más bombas.
Ni un sólo disparo podrá desvelarte.
No más llantos ni gritos.
Nadie profanará nuestro hogar.

Duerme tranquila, cariño.
Duerme sin miedo.
Acurrucada en mi pecho, mis dedos entre sus rizos.
Duerme en paz, solo hay luna y estrellas en el cielo.

Suspira...
Y cada suspiro,
una bocanada de aire fresco
que anima a seguir en la lucha;
aires de revolución.
En medio de tanto horror y miseria,
LA ESPERANZA



"A medida que los ojos del mundo se centran en la creciente violencia en Siria, no debemos pasar por alto el hecho de que los niños, que no son responsables de esta tragedia, están pagando un precio muy alto. Los niños están perdiendo sus vidas, perdiendo sus hogares, perdiendo a sus padres y perdiendo su escolaridad."

Anthony Lake - Director Ejecutivo de UNICEF


"Los niños que huyen de la violencia en Siria se encuentran en riesgo de sufrir problemas psicológicos a largo plazo sin la atención adecuada"
"Ahora mismo, los espacios habilitados en Za'atari tienen capacidad para unos 2.500 niños. En sólo unos meses, se espera que alrededor de 35.000 niños estén en el campamento, por lo que es urgente proporcionar más lugares seguros y otro tipo de servicios para proteger a estos niños que ya han sido expuestos a mucho sufrimiento".

Dominique Hyde, representante de UNICEF en Jordania


Pero no sólo los  conflictos armados golpean a la infancia, también lo hacen las medidas de austeridad adoptadas por gobiernos europeos como el Español en respuesta a la crisis económica, tal y como se recoge en el informe de UNICEF "La infancia en España 2012-2013: El impacto de la crisis en los niños".

En España, 2,2 millones de niños viven en hogares por debajo del umbral de la pobreza, un 10% más que en 2008.


Protejamos a los inocentes, porque ellos son nuestra única esperanza.


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domingo, 15 de enero de 2012

Historias robadas

Una familia fuera de su tienda de campaña en el campamento BadBado en Mogadiscio, Somalia
© Kate Holt / IRIN

Todos tenemos una historia que contar: nuestra propia historia.

La compartimos con nuestros amigos y con nuestros familiares. Cuando sufrimos, esperamos el consuelo de alguien cercano. Y los momentos felices, deseamos compartirlos con los que nos rodean. Una sucesión de momentos, felices y no tan felices, que componen nuestra vida.
Incluso la historia individual de cada uno de los millones de seres humanos que viven en la pobreza más absoluta es una sucesión de momentos compartidos, de consuelo, de penas y de alegrías, en definitiva la historia de una vida.

Y así también es la historia de los pueblos. Una historia que dura generaciones y que habla de épocas de prosperidad y de épocas de declive. De guerras y de paz. De justicia y de injusticia.  Con la única diferencia que la historia de los pueblos la escriben los gobernantes a través de los medios de comunicación, mientras que la historia personal la escribe cada individuo.

Nadie puede robarnos nuestra propia historia personal. Quizá, lo único que verdaderamente nos pertenece.

Sin embargo, hay pueblos cuya historia apenas aparece en los medios. 

Historias olvidadas de hambre, de miseria, de muerte, de violaciones, de esclavitud, de desalojos, o de explotación. Que sólo ocupan portadas cuando alcanzan niveles insospechados de crueldad.

¿Y qué es la historia de un pueblo sino la historia de sus gentes?

Mujeres y niñas que ocultan su rostro por la vergüenza de haber sido violadas. Su grito silencioso de rabia y dolor consecuencia de la impunidad de la que gozan sus atacantes.
Madres y padres que se desvelan por el cuidado de sus hijos desnutridos, que lloran sus muertes y abandonan sus destinos a la Divina Providencia.
Niños y niñas explotados, y a veces esclavizados, que sueñan con poder ir a la escuela, dejar atrás un pasado de trabajo, y prepararse para un futuro mejor.
Familias desalojadas de sus tierras, sin raíces y sin medios para ganarse la vida.
Comunidades enteras que huyen de los conflictos armados, recorriendo cientos de kilómetros hasta llegar a los campos de refugiados donde se hacinan miles de desplazados.

Millones de seres humanos desamparados con una historia que contar de los que apenas sabemos nada, sólo que también necesitan consuelo y compartir sus escasas alegrías.

Contar sus historias robadas, romper el silencio y sacarles del olvido es quizá la mejor forma de consolarles y de hacerles sentirse conectados con el mundo que les rodea, que de alguna manera ha contribuido a su historia y tiene una responsabilidad ineludible en cambiar sus destinos. Porque si un pueblo no puede contar su historia estará condenado al olvido y a la extinción.


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viernes, 26 de agosto de 2011

Escapar del miedo

Fuente: Reuters
Los refugiados recién llegados de Somalia se preparan para enterrar el cuerpo de Sahro en el campamento de refugiados de Kobe

(EN)

Todos hemos huido y nos hemos escondido alguna vez en la vida.

Para muchos millones de seres humanos, huir no es una opción, es cuestión de supervivencia. No pueden elegir, no tienen alternativas. Para ellos escapar es la única opción posible e implica tomar decisiones difíciles. Lo han perdido todo, y aún así, muy a su pesar, tienen una responsabilidad y un poder inmensos, el que les obliga a decidir sobre la muerte de sus hijos y de sus mayores.
Decidir quién emprende el viaje a través del desierto durante semanas sin apenas agua ni comida, exponiéndose al ataque de hienas y de milicias armadas. Decidir qué hijo tiene más probabilidades de llegar con vida a los campamentos de refugiados. Un poder sobrehumano en manos de unas gentes humildes. El mismo poder que les permite seguir adelante después de ver morir a sus hijos y a sus familiares en el camino. Y a pesar de ese inmenso poder, nada pueden hacer cuando tras la penuria del camino, una vez alcanzada la meta, como en un sueño, se esfuma entre sus manos la vida de los hijos que consiguieron llegar. Exhaustos, agonizantes. El triste peaje que pagan los que no tienen nada y necesitan de todo.

Enfrentarse a una muerte cierta, el miedo a perder la vida, es quizá el mayor de los miedos del ser humano. Millones de personas en el Cuerno de África se enfrentan a diario con sus miedos, y sobreviven duramente sin perder la esperanza de ganar la batalla a la muerte. Ese es su poder. Esa es su lección al resto del mundo.

Los habitantes de los países ricos también huyen y se esconden de sus miedos. El miedo a una realidad demasiado compleja y dura para mirarla de frente. El miedo a perder sus privilegios. El miedo a una vida vacía y sin sentido. Escapar a esos miedos también requiere tomar decisiones, elegir entre diferentes alternativas. Alternativas de vida, no de muerte. Mirar hacia otro lado, edificar muros, imaginar amenazas, construir prejuicios, consumir sin medida. Respuestas humanas que aumentan la brecha de la desigualdad. Aún hay esperanza, nos lo enseñan a diario millones de personas que sobreviven en los umbrales de la pobreza. Sólo hay que tomar las decisiones adecuadas.

Vivir sin avergonzarse de una vida privilegiada. Morir sin arrepentirse de no haber hecho nada por los más desfavorecidos.



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lunes, 6 de junio de 2011

La esperanza de volver a casa

(EN)

El movimiento del 15-M que nació en España bajo el lema de “DEMOCRACIA REAL YA. No somos mercancía en manos de políticos y banqueros” cuenta ya con más de 400.000 seguidores en las redes sociales. Derivado de este movimiento, muchos ciudadanos indignados tomaron las plazas de sus ciudades y decidieron acampar en ellas.

Después de varias semanas, los propios acampados se plantean el desalojo de los campamentos, buscando formas alternativas más eficientes de dar continuidad y credibilidad al movimiento que nació el 15-M. Las presiones de políticos y comerciantes van en aumento, alegando problemas de insalubridad de los campamentos, así como pérdidas económicas de los comercios alrededor de las plazas en las que están acampados los indignados.

Desde esa fecha, el 15 de Mayo, los medios de comunicación hacen un seguimiento exhaustivo de todo lo que tiene que ver con este movimiento, su presente y su futuro.

Un asentamiento para IDP's en el norte de Galkayo, Somalia
© Kate Holt / IRIN
Según el Internal Displacement Monitoring Centre (IDMC) el número de personas desplazadas dentro de su propio país es de unos 26 millones de IDPs, de los cuales ACNUR asiste a unos 15 millones. A esta cifra habría que sumar 10 millones de refugiados, 6 millones de apátridas, 1 millón de solicitantes de asilo y 400 mil personas más que requieren de la asistencia de ACNUR.

Casi 44 millones de personas viven en campos de refugiados en todo el mundo. Personas que huyen de la violencia y viven en tiendas de campaña lejos de sus hogares, en unas condiciones que ACNUR y muchas ONGs intentan hacer lo más dignas posibles. Campos de refugiados que han visto nacer y crecer a varias generaciones, siempre con la esperanza de poder volver a casa.

44 millones de seres humanos han “tomado las apartadas plazas de un mudo global”, no por reivindicación, sino por huir de una muerte segura. Ellos más que nadie son mercancía en manos de políticos y grandes corporaciones. Sin embargo, la insalubridad de sus campamentos y el desalojo de los mismos no parece ser una prioridad de nuestros gobernantes, ni llama la atención de los medios de información. Y es que las plazas que ocupan los refugiados no tienen residentes ni comerciantes a los que molestar, y si intentan ocupar alguna de las nuestras en Europa, se les cierran las fronteras, o se les detiene hasta que pueden ser devueltos a los países de los que huyen.

Así que el mensaje de Europa es: “Estimados refugiados, quedaros en vuestros campamentos en medio de la nada, no crucéis nuestras fronteras, que aquí ya tenemos a muchos indignados que desalojar de nuestras plazas”.

Sólo la esperanza puede cambiar el mundo. La esperanza de los indignados, la esperanza de los desplazados, la esperanza de los que creemos que un mundo mejor es posible.


IDP's: Internally Displaced People..