El amor y el odio pueden ser fuente
de los actos más abyectos, pero también de los más sublimes. En
cualquier caso, ambos sentimientos, requieren un conocimiento mutuo.
Sin
embargo, la indiferencia puede convertir lo abyecto en perverso.
Indiferencia provocada bien por la manipulación, bien como mecanismo de
defensa ante el sufrimiento propio o ajeno, o incluso por ambas causas
simultáneamente.
Así, entre otros motivos como el miedo y el odio
a lo desconocido, que conducen indefectiblemente a la indiferencia
hacia "el otro", se encuentra explicación, que no justificación, al
genocidio, las violaciones masivas, las atrocidades en los conflictos
armados, las hambrunas, los campos de internamiento, los desalojos
forzosos...
Para alcanzar semejante nivel de iniquidad es
necesario que la deshumanización avance inexorable hasta ese punto
despiadado de indiferencia y de desconexión:
- la indiferencia de los perpetradores frente al dolor o la muerte de sus víctimas.
- la no-diferencia con sus semejantes: todas ellas, víctimas, son iguales
a los ojos de los perpetradores y no comparten ningún rasgo común con
ellos.
- la indiferencia de los observadores: que contemplan la barbarie sin actuar.
Observadores, perpetradores y víctimas: cada uno en su espiral de deshumanización.
Todos
y todas hemos gritado alguna vez implorando ayuda, y nada más doloroso
que el silencio como respuesta. Todos los seres humanos hemos sentido la
indiferencia y el silencio de este mundo absurdo a nuestras dudas
existenciales. Víctimas, todos y todas, de la perversidad de la vida que
sólo tiene una única respuesta que darnos: la certeza de la muerte. La
verdad que nos hace iguales a todos los seres humanos. Víctimas pues de
la indiferencia, y conocedores de la única verdad, no podemos negar la
humanidad si no es con ánimo de contribuir a destruirla.
La
indiferencia, la despreocupación, o la evasión del ser humano no son más
que los síntomas de su progresiva deshumanización. Síntomas que
conducen al suicidio de la humanidad.
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